Una sombra esbelta y definida destaca entre las demás en la Puerta del Sol. Siguiendo el curso de sus largas piernas, llegamos hasta su dueña. Una joven estudiante risueña, llena de vitalidad. A simple vista, parece una de esas personas pegadas a un móvil y un bolso de marca.
Carpeta en mano, recorre las calles más típicas del centro de Madrid. Sus pasos se entremezclan con la multitud de compradores que asaltan las tiendas. Todo pasa desapercibido entre el tumulto. Todo excepto su perfume, que va dejando huella en cada recoveco por el que se escurre y en cada olfato que se cruza en su camino. Muchas de las personas que tropiezan con ella giran instintivamente la cabeza exhaustos por la frescura que desprende.
Va de camino al metro, destino Ciudad Universitaria. Le espera una larga tarde del m
es de mayo encerrada en ese edificio que en su día fue diseñado para que fuera una cárcel de mujeres. Al entrar por la puerta de clase, sus cuatro compañeras le tenían un sitio reservado. Nada más sentarse, planean lo que van a hacer al finalizar ‘Análisis de Textos’. Un plan bastante común en los estudiantes madrileños. Un botellón en el parque de Almansa para olvidar que los exámenes están a la vuelta de la esquina.
La tarde pasa más rápido de lo esperado gracias a que el profesor de ‘Derecho del Periodismo’ ha anulado la clase de hoy. La algarabía se oye desde la planta baja de la Facultad. Las escaleras comienzan a llenarse de gente. Estudiantes ansiosos por salir de esas cuatro paredes, hablando de las posibles fiestas a las que acudirán esa misma noche.
Elena, acelera el paso de camino al autobús. Un autobús que pasa cada media hora y que no quiere perder para llegar a tiempo a la cena. Destino: la residencia de estudiantes en la que vive desde hace un año; desde que se independizó y tomó la decisión de irse a más de 500 kilómetros de su casa para poder labrarse un futuro profesional.
Coge el autobús sin problemas. Desde la ventanilla se despide de sus cuatro amigas que van camino al metro, cada una a su destino, con la intención de volver a juntarse dos horas después.
Elena va con el tiempo justo. La residencia está a las afueras de la ciudad y en ese breve espacio de tiempo tiene que cenar, ponerse al día de lo que ocurre en la residencia con sus vecinas de habitación y decidir, entre todas, el modelito de esta noche. Una noche que, en principio se muestra interesante. Una noche, que ninguna de ellas, y mucho menos Elena, sabe cuándo ni cómo va a acabar.
Carpeta en mano, recorre las calles más típicas del centro de Madrid. Sus pasos se entremezclan con la multitud de compradores que asaltan las tiendas. Todo pasa desapercibido entre el tumulto. Todo excepto su perfume, que va dejando huella en cada recoveco por el que se escurre y en cada olfato que se cruza en su camino. Muchas de las personas que tropiezan con ella giran instintivamente la cabeza exhaustos por la frescura que desprende.
Va de camino al metro, destino Ciudad Universitaria. Le espera una larga tarde del m
es de mayo encerrada en ese edificio que en su día fue diseñado para que fuera una cárcel de mujeres. Al entrar por la puerta de clase, sus cuatro compañeras le tenían un sitio reservado. Nada más sentarse, planean lo que van a hacer al finalizar ‘Análisis de Textos’. Un plan bastante común en los estudiantes madrileños. Un botellón en el parque de Almansa para olvidar que los exámenes están a la vuelta de la esquina.La tarde pasa más rápido de lo esperado gracias a que el profesor de ‘Derecho del Periodismo’ ha anulado la clase de hoy. La algarabía se oye desde la planta baja de la Facultad. Las escaleras comienzan a llenarse de gente. Estudiantes ansiosos por salir de esas cuatro paredes, hablando de las posibles fiestas a las que acudirán esa misma noche.
Elena, acelera el paso de camino al autobús. Un autobús que pasa cada media hora y que no quiere perder para llegar a tiempo a la cena. Destino: la residencia de estudiantes en la que vive desde hace un año; desde que se independizó y tomó la decisión de irse a más de 500 kilómetros de su casa para poder labrarse un futuro profesional.
Coge el autobús sin problemas. Desde la ventanilla se despide de sus cuatro amigas que van camino al metro, cada una a su destino, con la intención de volver a juntarse dos horas después.
Elena va con el tiempo justo. La residencia está a las afueras de la ciudad y en ese breve espacio de tiempo tiene que cenar, ponerse al día de lo que ocurre en la residencia con sus vecinas de habitación y decidir, entre todas, el modelito de esta noche. Una noche que, en principio se muestra interesante. Una noche, que ninguna de ellas, y mucho menos Elena, sabe cuándo ni cómo va a acabar.





