domingo, 27 de diciembre de 2009

FELIZ NAVIDAD Y 2010

8 curiosos ¿Te atreves a opinar?
El 2009 ha sido diferente. Por primera vez, cierro el año con algo tan importante para mí como es este blog y el haber descubierto a gente tan extraordinaria!!!



Lo dicho, FELIZ NAVIDAD y feliz entrada en el 2010!!!! Por un año lleno de relatos, historias, cuentos y mucha... mucha imaginación.





Besazos!!!

miércoles, 16 de diciembre de 2009

¿Qué es, para ti, ser un Cuentacuentos?

5 curiosos ¿Te atreves a opinar?

Una idea apuntada en un papel.
Una frase de referencia.
Un cúmulo de palabras que se entremezclan en mi cabeza
formando, en ocasiones, la frase perfecta.
Una ilusión permanente.
Satisfacción al ver acabada tu historieta.
Leer maravillosos cuentos con un nexo en común

y sorprenderte de lo grandiosa que es la mente.
Ganas de inventar, deseos de gustar… afán por comentar y, sobre todo, publicar.

Aunque no sea una descripción muy exhaustiva,
ser un Cuentacuentos es todo esto y mucho más.

PD: Esto de las rimas se me da fatal... Aún así, es un placer ser un Cuentacuentos y formar parte de este maravilloso mundo :D Gracias a esta gran comunidad he conocido a gente maravillosa.




lunes, 14 de diciembre de 2009

Deseos infinitos

7 curiosos ¿Te atreves a opinar?
Es tan misterioso el país de las lágrimas… cuando entras, ya no puedes salir de allí aunque lo intentes. Los mayores viven en él y se olvidan de los demás. Casi no tienen tiempo para sonreír, hay muchas cosas que les preocupan, demasiadas.

Por ejemplo, cuando mi mamá llora me quedo mirándola fijamente. Siempre le pregunto qué le pasa pero nunca me contesta, entonces le abrazo para que se tranquilice (como ella hace conmigo), pero nunca lo consigo. Miro cómo sus lágrimas se pasean lentamente por su cara. Siempre intento secárselas para que no caigan y manchen su camiseta o su pantalón, porque sé que a ella no le gusta nada que se ensucie la ropa. Creo que cada una de esas lágrimas son gritos, deseos… Al principio pensé que eran mis notas del colegio lo que le hacían ponerse tan triste, pero muchas veces sus ojos se inundan sin motivo.

¿Qué les pasa a los mayores? ¿Por qué siempre están de mal humor? ¿Por qué se enfadan por todo? Un juguete en el salón, un agujero en el pantalón, un ‘no quiero comer más’, un ‘esto no me gusta’, un ‘¿puedo ir a jugar?’ justo después de comer… Todo es triste. Cuando no hay chillidos, hay tristeza. Y cuando me da una sonrisa, la tengo que aprovechar porque sé que solo durará cinco minutos.

¿Sabes una cosa? Me he dado cuenta de que no quiero crecer. A mí me gusta jugar, reír, salir al parque con mis amigos, ver a papá… incluso me gusta llorar, pero de felicidad. El país de las lágrimas no es nada divertido. Alguna vez he jugado a ser mayor, pero ya me he cansado, es muy aburrido… Alguna vez mamá me ha dicho que le gustaría ser una niña de mi edad, pero ella ya no puede.

Estas Navidades no voy a pedir regalos, solo deseos. Juguetes tengo muchos, pero días en los que veo a mamá sonriendo, no tantos. Querido Papá Nöel, ¿podrías multiplicarlos por infinito?

jueves, 10 de diciembre de 2009

El Tonto del Pueblo

3 curiosos ¿Te atreves a opinar?
“¡Se aproxima el fin del mundo!”

El pueblo entero no tardó más de cinco minutos en enterarse; el tiempo exacto en el que Juan tardaba en recorrerlo. En una aldea de quinientos habitantes en invierno y unos mil en verano, nadie pareció sorprenderse. Ni siquiera la señora Paca, pegada a la ventana de su salón, parecía prestar atención. Ya conocían de sobra las habladurías de Juan o, como ellos lo llamaban, del El Tonto del Pueblo.

Él hacía caso omiso a estos comentarios. Sabía de sobra que no era un superdotado. Se consideraba una persona diferente a los demás, pero no por ello menos listo. Esta mañana, cuando la camioneta del reparto del correo se ha parado en su puerta, él mismo ha sido el primero en asombrarse. No acostumbraba a recibir noticias de nadie. Toda su familia, oriunda de ese mismo pueblecito de Palencia, ya había fallecido. Vivía solo y la única correspondencia que recibía eran algunos pagos pendientes.

Completamente inseguro y dubitativo miró ansiosamente el sobre, como si le fuera a desvelar lo que había en su interior. El remitente, efectivamente, era él mismo: Juan Rodríguez Peña. Lo que El Tonto del Pueblo no sabía era que más allá de su demarcación y de los de su alrededor había muchas personas con su mismo nombre. En la carta no había ninguna dirección, solo un código postal, prácticamente ilegible. Después de analizarlo todo bien y asimilar el sello de CONFIDENCIALIDAD que había en la parte trasera, se decidió a abrirlo.

Estaba escrito con máquina de escribir. En esa época en la que la televisión no existía, eso era signo de riqueza, de alta alcurnia. Después de que sus ojos se deslizaran de un lado al otro del papel, entendió perfectamente el mensaje: Se aproxima el fin del mundo.

Aún no entendía, carta en mano, cómo nadie había sido capaz de reaccionar ante tal noticia. Sin pensárselo dos veces, corrió al único bar de la zona. Atravesó las cortinas que protegían el establecimiento de los mosquitos y el calor y fue directo a la barra. Allí estaba Basilio, el dueño, mirándole con incredulidad y media sonrisa.


- Juan, qué pasa, ¿ya andas otra vez haciendo de las tuyas?- le dijo poniéndole el vaso de vino diario.
- Esta vez va en serio, Básil. Y sino, mira ésto- dijo él, a la defensiva, mostrándole el sobre, a la vez que se bebía de trago el vino.

Expectante, Basilio cogió el sobre y lo abrió. Leyó rápidamente su interior. Juan no lo podía haber escrito. Nadie del pueblo tenía una máquina de escribir, ni siquiera alguien de los alrededores. Por un momento, hubiera deseado que todo hubiera quedado en una broma más de El Tonto del Pueblo, pero no era así. Permaneció en silencio un par de segundos, los suficientes para decidirse a coger el altavoz del almacén.

Hizo el mismo recorrido que Juan había hecho minutos antes, pero ahora sí. La gente poco a poco empezó a salir a calle, siguiendo los pasos del dueño del bar, mientras él sacudía fuertemente la carta. A él no le hacían falta pruebas. La gente confiaba en él con los ojos cerrados. Los años en los que fue alcalde fueron los más felices del pueblo.

Básil dirigió a todos hasta su almacén. Allí les explicó lo sucedido y les leyó la carta de principio a fin. La gente se empezó a alborotar; las mujeres abrazaban con fuerza a sus hijos. ¿Cómo podía ser que en tres días estuvieran todos muertos? Intentaron, durante horas, buscar una solución, sin éxito. Poco a poco, los allí presentes se empezaron a cansar de la situación y se fueron a casa.

Sin darse cuenta, al cabo de diez horas los grupos ya se habían hecho y la rivalidad era inevitable. Todo el mundo quería lo mejor para su familia y seguir vivo dentro después del desastre. Hacían turnos para mantenerse de guardia las 24 horas del día y las envidias empezaban a aflorar. Muchos cavaban sin parar, otros intentaban buscar la mejor idea para sobrevivir.

Cuando ya había pasado día y medio, los nervios pudieron con todo. La batalla comenzó sin previo aviso. Familias contra familias, niños acobardados llorando en un rincón, gritos de guerra, de desesperación, de dolor... golpes y disparos. El panorama era desolador.

Juan estaba completamente aterrado; el fin del mundo había llegado de verdad, pero no el tercer día, sino el segundo. Él tenía tan asumido que iba a desaparecer de la faz de la tierra que no movió un ápice para salir adelante de tal devastadora amenaza.

Cuando el ruido se convirtió en silencio, ya era demasiado tarde. Hizo recuento de horas y puso la radio. Acababa de terminar el tercer día. El fin del mundo no había llegado. Se echó las manos a la cabeza y lloró sin consuelo. Se lamentaba de aquél fatídico día, de haber recibido la carta, de haber pregonado la noticia por doquier. Se lamentaba de haber provocado, sin querer, el fin del mundo, de su mundo.

martes, 1 de diciembre de 2009

Año nuevo, vida nueva

6 curiosos ¿Te atreves a opinar?
Hola a todos!!!!

Antes de nada, disculparme por mi ausencia durante este fatídico mes en el que el ánimo no ha estado precisamente en su momento más álgido.

Pero lo peor ya ha pasado, así que fuera penas. Tengo mi fuente de energía recién cargadita y, por fin, tengo Internet en casa (como podéis imaginar, esto también ayudaba a mi ausencia).

Espero daros mucha guerra a partir de ahora y, como no, daros las gracias por seguir ahí.

SIEMPRE, MUCHAS GRACIAS.

SE OS QUIERE,

Emma :D

martes, 3 de noviembre de 2009

Cuatro

10 curiosos ¿Te atreves a opinar?
Dame cuatro motivos para continuar, no es tan difícil. Solo necesito cuatro razones para no quererte y olvidarte; cuatro excusas que me ayuden a olvidar todo lo que hemos vivido juntos.


Han sido muchos años, demasiados, llenos de momentos inolvidables. Días repletos de felicidad, cariño y comprensión. Noches enteras planeando un futuro que no era el mismo que ahora se me plantea. Has roto en mil pedazos mis esquemas, pero, aún sí, soy incapaz de sacarte fallos. No consigo acordarme de los malos momentos que hemos vivido, ¿acaso tú sí? Habíamos descubierto la fórmula del amor eterno, o eso creía yo. Incluso teníamos nuestro propio idioma, un lenguaje que solo tú y yo entendíamos.



Ahora solo te pido una explicación que me ayude a entender porqué tengo que fingir que esto, lo nuestro, lo que diablos fuera que hubiera entre nosotros, no me importa. Ahora, mientras voy embalando mi vida en cajas, recuerdo y añoro aquellos maravillosos años. ¿Qué hago con todas estas cartas, cuadros, fotos, regalos…? ¿Que voy a hacer si hasta el mero hecho de mirarme al espejo me recuerda a ti? No se si te acuerdas, pero éramos una sola persona.



Mientras reúno fuerzas para seguir adelante, recojo los trocitos de mi corazón que todavía quieren quedarse en esta casa. Lo que para ti era una cárcel, para mi era nuestro nidito de amor. No imaginé que esa distancia progresiva entre nosotros fuera definitiva, simplemente pensé que sería una mala racha.



¿Qué he hecho mal? ¿Qué motivos hay para que esto se acabe? Siempre he sido yo la que ha estado ahí, la que esperaba impaciente a que llegaras a casa para tenerte cerca, olerte, acariciarte, besarte... He mantenido la ilusión, la esperanza y la pasión hasta el último día, y lo peor de todo es que a cambio me llevo un gran jarro de agua fría.



Dame motivos para odiarte; pónmelo más fácil, no seas perfecto hasta el final. Tu silencio, por primera vez, no me dice nada. Antes nuestras miradas hablaban… nos encantaba quedarnos sin palabras y sustituirlas por besos interminables. Antes no sabía lo que era el dolor porque lo más cercano a una lágrima era reír hasta llorar.



Antes no existían los motivos, nos movíamos por impulsos... Ahora te estoy pidiendo cuatro razones pero, pensándolo mejor, creo que, aunque me dieras mil más, nunca sería suficiente.

Para ElCuentaCuentos

viernes, 30 de octubre de 2009

STOP!

7 curiosos ¿Te atreves a opinar?
No corras más; no es bueno ir deprisa por la vida. Lo único que vas a conseguir así es llegar antes a la meta y, no sé a ti, pero a mí el premio no me gusta. Párate a pensar, por un momento, en todos los pequeños detalles de los que no estás disfrutando y de los que ni siquiera te has percatado.

Siempre has querido crecer muy rápido, pero cada etapa tiene su momento. Algún día te arrepentirás de no haber gozado de mañanas interminables en la cama, de esos cinco minutos más de sueño que todos suplicamos al oír el despertados. Algún día te darás cuenta de que ya no eres joven, que las arrugas de tu cara se mezclan con las marcas de la almohada. Te dolerá ver que el tiempo ha pasado en un suspiro.

Pero, querida amiga, cuando llegue ese momento, quizá sea demasiado tarde y la recta final esté cerca. Y tengo una mala noticia que darte: en este tipo de carreras no hay marcha atrás. Con la vida no se juega.

viernes, 23 de octubre de 2009

Hasta siempre

14 curiosos ¿Te atreves a opinar?

Querido diario,


Hoy no voy a hacerte ninguna confesión. Hoy no es un día normal. Estas palabras son mis últimas palabras escritas aquí. No quiero que sea una despedida triste, sino todo lo contrario. Tus hojas no acaban aquí, pero mis confidencias, sí. Sé que tengo mucho que vivir y mucho que contar, pero ya te he encontrado sustituto.


Aún recuerdo cuando te abrí por primera vez y rompí el silencio de mi estancia con el sonido de mi bolígrafo en contacto con este papel que, para mi, ya es tan familiar. Recuerdo que al principio no fue nada fácil. Poco a poco, empecé a coger soltura; ya tenía confianza contigo. Nunca pensé que llegaría este momento, la verdad. Una parte de mí esperaba no acabar mis días escribiéndote; temía que ese deseo no se cumpliera nunca y estuviéramos unidos para siempre.


Me has escuchado como nadie lo había hecho hasta ahora. La tinta que adornaba tus páginas, muchas veces se ha desteñido al contacto con mis lágrimas. Mis estados de ánimo están reflejados en mi tipo de letra. Hemos tenido días llenos de confesiones eternas, y otros en los que no había palabras suficientes para describir mis sentimientos. Todas tus hojas están llenas de colorido, ya sabes que no me gusta la monotonía, ni siquiera cuando se trata del color del boli.



Pero bueno, basta de nostalgia. Aquí se cierra un capítulo de mi vida y de este diario. Ahora he encontrado a alguien con quién hablar, que me escucha y confía en mí. Ya no necesito buscarte en el recoveco más recóndito de mi habitación, allá donde nadie llega.


Espero olvidarme de tu escondite y no volver a tenerte en mis manos; y si llega ese momento, que sea un encuentro casual motivado por una mudanza o una limpieza a fondo. Deseo que no nos tengamos que volver a ver. Y si lo hacemos, que sea únicamente para recordar viejos tiempos. Un tiempo que no tiene por qué ser mejor.


¡Hasta siempre!



Para ElCuentaCuentos

jueves, 22 de octubre de 2009

Calle sin salida

3 curiosos ¿Te atreves a opinar?
Mis tacones de aguja se clavaban en la acera mojada de una de las calles principales de La Parte Vieja de San Sebastián. Aferrada a mi paraguas, esquivaba a la gente que se movía a toda prisa en dirección contraria. Estaba tan absorta en mis pensamientos que no fui capaz de darme cuenta de que acababa de entrar en la boca del lobo.


Las banderas ondeaban por doquier. Los colores rojo, verde y blanco de la “Ikurriña” eran los predominantes. Allá donde miraba había mensajes en euskera, pancartas con la fotografía de varios, para mí, desconocidos. En definitiva, estaba dentro de todo el meollo sin comerlo ni beberlo. De los gritos y reivindicaciones, se pasó, de repente, a los empujones. Me asomé como pude para ver qué es lo que pasaba. Las protestas provocaron la ira de los vecinos, quienes se dedicaron a tirar todo tipo de artilugios desde sus balcones mientras la gente intentaba esquivarlos como podía.




Se formó tal revuelo que, en menos de cinco minutos, la Ertzaintza estaba acordonando la zona con sus escudos de plástico y pasamontañas. Intenté salir de cualquier forma, esquivando a la gente que se me echaba encima. Las pancartas volaban por los aires. Yo, sola, en mitad de una manifestación… quién me lo iba a haber dicho cuando salí de casa preparada para pasar una tarde de tienda en tienda con la única intención de dejar la tarjeta temblando.


Se movían en todas las direcciones, era una auténtica locura. Desde gente que se enfrentaba a la propia policía, como gente asustada, igual que yo, que quería salir de allí cuanto antes. El cordón humano tenía las salidas bloqueadas. Intenté entrar en alguna tienda de alrededor para refugiarme, pero todas tenían la persiana bajada. Ellos también tenían miedo.


Las pelotas de goma salían disparadas. No tenían destinatario. Si no eras un poco rápido de reflejos, te podía llegar a tocar a ti. Cuando ya estaba a punto de sentirme libre, un ertzaina me coge por el brazo. No me podía mover de allí sin que le diera los datos. Aún no me creo cómo fui capaz de sostenerme en pie. No había forma de que entendiera que yo estaba por error en esa calle. Para él era carne de calabozo. Menos mal que su superior me miró con otros ojos y vio que no estaba mintiendo. Todo se había quedado en un mal recuerdo. Completamente en shock, volví a mi casa sin pronunciar palabra. Aún tengo pesadillas.


Hoy también he paseado por la misma calle. Ya no hay pintadas en las paredes, parece que ha pasado un huracán y se lo ha llevado todo. Hoy brilla el sol en San Sebastián y no puedo hacer otra cosa que darme un largo paseo por La Concha.


Para Foro de Nuncajamás

martes, 13 de octubre de 2009

El secreto de sus ojos

11 curiosos ¿Te atreves a opinar?
El secreto de sus ojos siempre permanecerá intacto para todo aquel que no la haya sabido mirar y mucho menos escuchar. Su meta es ir, pasito a pasito, hasta el banco que queda cerca de su casa, para después acercarse a tomar un café al bar de al lado. Ayudada por un bastón, deja pasar los días no sin antes trasmitir alegría a todo aquél que le rodea. Pero esa felicidad contagiosa no es la misma que refleja su mirada.

Sus ojos, azules como un mar en calma, brillantes como una noche plagada de estrellas, esconden una historia. A sus noventa y un años tiene a sus espaldas multitud de vivencias que un día contó a sus hijos, nietos y bisnietos. Historias tristes, llenas de polvo, hambre, explosiones y dolor. El sufrimiento de una guerra que tenía a sus propios hermanos divididos. Escondites secretos, palabras en clave, cartas llenas de acertijos... Todo por mantener a una familia unida. Doce hermanos con diferentes destinos marcados por la política. Doce puntos de vista distintos.

Ahora el Alzheimer le hace olvidar todo lo malo. Ya no recuerda a cuántos seres queridos perdió en la guerra, ni que hace sesenta años que no sabe nada de su hermana mayor, quien se trasladó a Francia en busca de una mejor vida. Ahora disfruta de los que le acompañamos a tomar un café a diario. Para ella, no hay nadie más. Pero yo sí sé su secreto porque, cuando era pequeña, cada noche me sentaba a su regazo mientras ella, en forma de obra de teatro, me contaba a su antojo todas esas aventuras.

Ya nadie se lo menciona, ¿para qué? Ella es feliz en su mundo de fantasía hecha a medida. Ella ha elegido no acordarse de lo que un día le hizo sufrir. La enfermedad le ha hecho un gran favor a su vida, dejándole pasar sus últimos años en paz y manteniendo escondido el secreto que guardan sus ojos. Un secreto que sólo unos pocos sabemos apreciar cuando la oímos cantar llena de energía, sin que le importe nada más.


lunes, 5 de octubre de 2009

A-6, salida 29

8 curiosos ¿Te atreves a opinar?

El tráfico era insoportable y la lluvia caía sin cesar, como si se tratara del fin del mundo. Las bocinas de los coches inundaban el ambiente, acompañadas de luces de freno intermitentes.

De pronto, el mundo se detuvo. Ahí, en la carretera de la Coruña, un Volvo C30 y Ford Fiesta se pararon a la misma altura; en la salida 29. No se conocían de nada. Simplemente sabían que estaban conectados, no sólo por el rumbo que tomaban sus neumáticos, sino porque en los dos sonaba por todo lo alto el 'Bed of Roses', de Bon Jovi. El Ford no quería avanzar, de lo contrario perdería al Volvo de vista. El C30 encendió las luces y sonrió pensando que en aquel día de lluvia había sido el único en conseguir ver el sol.


Poco a poco, el Ford Fiesta necesitaba acelerar, que sus cuerpos se chocaran como si de un accidente se tratara. Por su parte, el Volvo había sufrido mucho con eso que llaman Amor pero que muchas veces te destroza por dentro, y necesitaba cambiar su corazón como el que cambia una rueda.

Pero los coches avanzaron y, ahí, en la A-6, un amor a primera vista se disolvió como se evapora el tráfico a partir de las nueve de la noche. Sus ojos brillaron como charcos en el asfalto. Las luces de emergencia iban al compás de sus corazones arrepentidos; sus vidas habían echado el freno de mano, en lugar de haber bajado la ventanilla y dejar que entrara el agua.

Desde ese día, en ese lugar, los dos se buscaron en la lejanía. Pero el tiempo pasaba muy rápido, a 180 Km/h y los coches deportivos pasaron a ser familiares. De Bon Jovi se pasó al Cantajuegos y la silla para el niño ocupaba el asiento trasero.

Aún con el paso de tiempo, había algo que no había cambiado: la salida 29. Desde ese dia, los dos nunca olvidaron que esa salida les pudo haber cambiado la vida. Lo que nunca sabrán es si les hubiera indicado el camino perfecto.

martes, 29 de septiembre de 2009

Habitación 320

14 curiosos ¿Te atreves a opinar?
Sus pasos se entremezclaban con los del resto de los pacientes que, como ella, pasaban sus días en el hospital. El pasillo cada vez se le hacía más corto, ya se conocía a todas las enfermeras. Después de seis meses, había tenido mucho tiempo para aprenderse de memoria cada recoveco donde solo hay paredes blancas, salas de espera y caras largas.

Ese, por fin, era su ultimo día. El médico le había dado el alta; le había dicho que recogiera sus cosas cuando quisiera, que ya se podía ir a su casa. No se lo creía. Quién se lo iba a haber dicho la semana pasada cuando soñaba con comer espaguettis de mamá y jugar a la pelota con Pedro, su hermano pequeño.

Su último paseo ya no le olía a medicina. Ya no respondía con despecho a la mirada compasiva de la gente. Ya no tenía que correr la cortina que separaba su cama de la del compañero de al lado. Ya no estaba enferma. Ya se había curado. Ahora sonreía, se sentia como nueva. Su corazón había vuelto a cobrar vida. Su piel estaba adquiriendo otro color y sus mejillas empezaban a sonrojarse.

No quería llamar a nadie. Quería ver la cara de sus padres cuando la vieran entrar en casa. Quería llamar tres veces seguidas al timbre; una manía que ya la identificaba. Quería cantar, saltar, gritar, llorar... pero esta vez de felicidad. Cerró su maleta, llena de pijamas, revistas y cosas de aseo y la tiró a la basura. No quería nada que le recordara a su estancia en la habitación 320. Tenía que borrarlo todo de su cabeza y ése era el primer paso.

Nada más salir de allí, cogió un taxi. Eran las tres de la tarde y no podía perder ni un minuto más. Tenía que llegar a casa antes de que sus padres se fueran a trabajar y sus hermanos, al colegio. Bajó del coche y entró rapidamente en el portal. De momento, no había cambiado nada. La puerta que daba a la calle seguía estropeada; no hacía falta llave, no cerraba bien.

De pronto, su cuerpo se quedó paralizado delante del espejo del ascensor. Intentó recordar la última conversación con el médico, pero no lo logró. Su cabeza, completamente calva, se le clavó en la mente. No podía pensar en nada más. Se dio la vuelta y suspiró.

Corriendo, se fue al centro de la ciudad y se compró una peluca. Se habia propuesto olvidarlo todo y no podría hacerlo cada vez que se viera reflejada en cualquier cristal.

Ahora le preocupaba Pedro. Después de seis meses sin verle, no sabía cómo iba a reaccionar. ¿Se daría cuenta de que había estado enferma? ¿Se creería que acababa de volver de un viaje paradisíaco al tenía que ir ella sola? Pero los ojos de su hermano se llenaron de alegría al verla a la salida de clase. Se abalanzó sobre ella, le dio un beso en la mejilla y le dijo:

- ¡Qué bien que hayas vuelto! Te he echado de menos. ¡Qué guapa estás! ¡Qué suerte tengo!
- ¿Por qué?
- Porque eres la hermama más guapa del mundo.

Fue en ese preciso momento en el que ella se dio cuenta de que su vida había empezado de nuevo.




martes, 22 de septiembre de 2009

Nunca

15 curiosos ¿Te atreves a opinar?
Nunca te dije mi secreto.
Nunca te dije que nuestra amistad no es pura suerte o casualidad.
Nunca te dije que hace mucho tiempo soñaba con conocerte y que me quisieras en tu vida.
Nunca te dije que nunca te he dejado de querer.
Nunca te dije que por las noches, muerdo las sábanas mientras las lágrimas brotan de mis ojos.
Nunca te dije que yo no era la mala.
Nunca te dije que era yo la que siempre te llevaba el almuerzo al recreo.
Nunca te dije que siempre me acordaba de tu cumpleaños.
Nunca te dije que era tu madre y ahora me alegro, porque aunque me quieras como a una amiga, me sigues queriendo.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Migraremos a Saturno

14 curiosos ¿Te atreves a opinar?
- Migraremos a Saturno


Sara sabía que esas palabras iban a ser cruciales para que Lucía durmiera esa noche tranquila. No era fácil conciliar el sueño entre cartones, con la luz fluorescente del cajero automático dándote en la cara. No era fácil abrigarte sin abrigo. En definitiva, no era fácil ser pobre.



Sara sabía que su hija necesitaba unos estudios, que ya estaba empezando a darse cuenta de la situación. Ya no se creía que todo formaba parte de un juego, de una aventura. Lucía empezaba a hacer preguntas y Sara ya no sabía qué responder. La pregunta de esta noche era:



- Mamá, ¿cuándo vamos a volver a casa?


- No lo sé todavía, hija.


- ¿Y si no podemos volver nunca?


- Migraremos a Saturno



Desde ese día Lucía soñaba con ser princesa en Saturno. Hacer de ese planeta un mundo mejor, diferente. Dormía feliz, pensando en que ese día podía ser mañana.


Para ElCuentaCuentos

martes, 8 de septiembre de 2009

Se hizo tarde

11 curiosos ¿Te atreves a opinar?

Aquel antiquísimo reloj de pared exhaló su último tic tac; el silencio se hizo insoportable. Llevaba toda su vida oyendo pasar el tiempo por el ruido de sus manillas al desplazarse.

Un reloj que había ido de generación en generación. Un reloj que había pasado por diferentes épocas y que ahora adornaba el mueble de su moderno salón.
Pero, ¿por qué se ha cansado justo ahora de mover sus agujas? ¿Por qué en ese preciso instante en el que él ha cruzado la puerta?

Quería contar los minutos que quedaban hasta que volviera a entrar en casa. Deseaba ver sus manos acariciádole, recorriendo cada poro de su piel. Su vida, igual que la de aquel reloj, dejaba de tener sentido si Jon no estaba con ella.

Ahora no podía ir hacia atrás en el tiempo, y menos si la ayuda del reloj. Sólo le quedaba esperar, mientras imaginaba qué hubiera pasado si ella hubiera sido valiente y le hubiera detenido. Si él la hubiera cogido en brazos prometiéndole amor eterno.

Pensaba en que quizá esa cena a medias, que ahora descansaba en la mesa, se hubiera dejado enfriar mientras los dos se estremecían en besos y caricias sin que nada ni nadie más importara. 'Ese si hubiera sido momento para parar el tiempo, y no ahora', se lamenta.
Para ElCuentaCuentos

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Blanco y negro

8 curiosos ¿Te atreves a opinar?
Como casi siempre, los veranos están planificados de antemano. Nunca, o casi nunca, he tenido la opción de decidir dónde quiero ir, con quien... ni siquiera cuándo. Pero este año, no me importaba dónde ir. Estaba entusiasmada sabiendo cuál iba a ser mi compañía. Solo suplicaba por que aquella persona que mandaba en mi vida, mi comportamiento y en mi forma de vestir, fuera feliz para yo poder serlo.


Y es que no es fácil ser una sombra. Nunca tienes el placer de sentir, tocar, verlo todo desde arriba. Mi destino, este año, era Cádiz, y la compañía, la mejor. Una sombra con una sonrisa espectacular, cariñosa. Hasta me atrevería a decir que es una sombra brillante y con un olor de esos que dejan huella. Yo no sé si ellos dos, en calidad de humanos, están tan enamorados como nosotros. Sólo sé que, aunque no le pueda tocar las veces que quisiera, sentirle cuando a mi me apeteciera y besarle a todas horas, me gusta ser una sombra.


¿Por qué? Porque a las doce del mediodía, cuando nadie nos echa de menos, nos escapamos. Somos invisibles por un tiempo, algo que muchos quisieran desear. Algo que yo no cambiaría por nada del mundo.


martes, 25 de agosto de 2009

El amanecer de mi vida

14 curiosos ¿Te atreves a opinar?
Todas las mañanas del mundo, a partir de hoy, te las dedico a ti. Creo que desde el primer momento supe que estabas en mi interior. Te notaba, te sentía aún cuando eras una pequeña alubia casi inapreciable. Sé que cantas cuando yo río, que pataleas cuando lloro, que te ríes cuando tarareo las canciones que un día te cantaré al oído.

No queda nada para verte sonreír, pero me cuesta creer que algún día te pueda mirar; que puedas escuchar mi voz, esa que tantas veces te ha hablado. Hasta ahora, todas y cada una de las noches imagino cómo serás, a quién de los dos te parecerás. Sueño con tu risa. No la he oído nunca, pero sé cómo va a sonar. Aunque todavía no has venido al mundo, para mí ya eres el apoyo más grande y la persona más importante.

Me encanta tenerte conmigo. Que los dos seamos uno. Me encanta descansar para tranquilizarte, caminar para acunarte y dormirte, alimentarte para que sigas creciendo. Desde que nazcas, la vida será aún más bella.

Sobra decirte que desde que supe que tú eras yo, tenía clarísimo que te seguiré cantando, que lloraré contigo cuando sufras, que pelearé hasta morir porque estés bien. Sé que cuando te tenga en mis brazos lloraré, pero también sé que siempre serás el amanecer de mi vida; ese amanecer que te dedico todas las mañanas desde que estás en mi tripita y que, espero, algún día disfrutemos juntos.

P.D: Aunque yo todavía no he tenido el placer de saber lo que se siente cuando te quedas embarazada, se lo dedico a todas aquellas personas que sí lo han sentido y, en especial, a dos amigas mías que en este momento están esperando un bebé!!!

Para ElCuentaCuentos

lunes, 24 de agosto de 2009

En otra vida

3 curiosos ¿Te atreves a opinar?
Echo de menos todo y nada. Me despierto y echo de menos sentir tu aliento en mi oreja. Me levanto y echo de menos dejarte en la cama. Echo de menos escibirte notas en el frigorífico. Anhelo hacer cenas para dos. Ya no te espero por las tardes, a la salida del trabajo. Ya no te busco por las calles, intentando crear una mera coincidencia. Ya no me late el corazón con tanta fuerza. Deseo sentirte de nuevo, que tus labios me acaricien. Deseo mirarte a los ojos y sentir la pasión. Deseo que me abraces, me sonrías, me llames, me nombres, me pienses.


Pero no puedo echarte de menos. No quiero. Ya no soy feliz a tu lado, o eso creo. Ya no puedo seguir engañando a los que me rodean. Mi mundo tiene que ser perfecto. Tuve que elegir y no te puedo tener en mi vida. En esta vida no.


Después de tanto anhelar y desear, ahora solo rezo. Rezo sin parar en soledad. Pido que todo te vaya bien y, por supuesto, que nos vayamos a encontrar en otra vida en la que podamos amarnos en paz.

miércoles, 12 de agosto de 2009

El peso de la culpa

5 curiosos ¿Te atreves a opinar?
El peso de la culpa le estaba rompiendo en pedazos. Entonces, decidió dejarla a un lado, sin pensar en nada que pudiera arreglarlo y se fue lejos, muy lejos. Pensaba que cuanto más lejos estuviese, menos se acordaría de la culpa. Su destino lo tuvo claro: un lugar con mar. Le daba igual dónde estuviese; lo único que quería era pisar la arena y disfrutar viendo cómo cada grano se mueve independientemente, algo que no habían hecho sus problemas.

Quería que todos y cada uno de los quebraderos de cabeza se dispersaran, que no llegaran a formar una playa. Igualmente, se fue hasta allí. Nada más aterrizar, sus pies caminaron en dirección al mar. Nunca había estado en ese lugar pero sus pies se sabían el camino de memoria. Sin pensárselo dos veces, se fue quitando la ropa. Completamente desnudo, fue lentamente rumbo las olas.


De repente, notó cómo algo le volvía a pesar en su interior. Intentó salir pero parecía que unas piedras enormes se lo impedían. Poco a poco se iba sumergiendo en lo más profundo. Le quedaba poco tiempo. Entonces, cayó en la cuenta. Ya sabía lo que pesaba. No eran piedras, ni siquiera su propio cuerpo. Era la conciencia. No hizo bien en abandonar a la culpa así como así, sin buscar una solución que hiciera que todos y cada uno de sus quebraderos de cabeza se marcharan para siempre.


Ahora habían venido todos de golpe. Su conciencia no estaba nada tranquila, pero ya no había remedio. Su vida había dejado de ser vida para dar paso a la muerte. Una muerte dolorosa y, sin duda, difícil.

viernes, 24 de julio de 2009

Cerrado por vacaciones

3 curiosos ¿Te atreves a opinar?

Pues sí, mi primer 'Cerrado por vacaciones' en el blog ;-)


Volveré el 10 de agosto. Solo deseo que volvamos con las energías renovadas y las manos rápidas para escribir y escribir. Espero tener muuuchas cosas que contaros. De momento, me esperan siete horas de viaje a Cádiz.
Disfrutad de vuestro momento de descanso.
¡¡¡¡¡¡FELICES VACACIONES A TODOS!!!!!!!!!!


Besos!!!!

miércoles, 22 de julio de 2009

La casa vieja

8 curiosos ¿Te atreves a opinar?
¿Quién no ha tenido nunca en su vida una casa vieja? Para mí era la mejor del mundo. Los días en esa casa eran fascinantes; completamente felices. Cada año rezaba por que el tiempo pasara volando para poder volver allí. Verano tras verano, toda mi familia nos reuníamos en la casa vieja. Una casa que parecía que se agrandaba cada vez que llegaba agosto para poder acogernos a todos. Sus paredes escondían vivencias de todo tipo. Pero los años iban pasando y la ilusión se perdió de vista para dar paso a la nostalgia. Ya no íbamos a la casa vieja.

Ya no había historias a medias de un verano a otro. Cartas eternas y llenas de cariño que recorrían media España. Ya no vive nadie en la casa vieja, y lo echo de menos. Echo de menos esos momentos vacíos sentados en la puerta de una iglesia. Echo de menos sentarme al fresco mientras veías pasar el tiempo sin que me preocupara nada. Pero no quiero echarlo de menos. Quiero que mis hijos puedan tener un pueblo en el que jugar sin tener que mirar el reloj. Quiero que la casa vieja se vuelva a abrir, se vuelva a agrandar, pero eso sería dar marcha atrás en el tiempo y no sé si estoy preparada.

lunes, 20 de julio de 2009

El aura

8 curiosos ¿Te atreves a opinar?

El aura comenzó a apoderarse de él. No estaba solo en la cama, pero nadie lo pudo evitar. Aunque su cuerpo permaneciera allí, su alma ya no estaba en esa habitación. Todo aquel que hubiera presenciado ese momento, hubiera visto cómo el cuerpo de Miguel dejaba de dar señales de vida mientras el amanecer se colaba por su ventana. En su mesilla, una agenda repleta de tareas para hoy. Tareas que no se van a hacer, aunque hasta el momento, nadie se había dado cuenta.



Foto y texto a propuesta de Minificciones



Amor en sal

0 curiosos ¿Te atreves a opinar?
Solté toda la fuerza por la boca. Me declaré. Tú, insignificante ante mis palabras, me dijiste que eso mismo sentías, pero por otra. De repente, un pinchazo eterno en el corazón. Tenía la impresión de que habías cogido mi amor herido y lo habías bañado en sal. Sé que no querías dañar mis sentimientos pero, hasta el día de hoy, ha sido el dolor más fuerte e irritante que he tenido.
No te he vuelto a ver, pero en lo más profundo de mí sigo notando la sal en la llaga. Me da igual. Sé que seguiré esperando a que ese escozor cese. No sé si estoy preparada para esperar a que mi herida se cure o, por el contrario, estoy dispuesta a aguantar el dolor, esperanzada, hasta que saques mi corazón cubierto de sal y lo bañes en pétalos de rosa.

martes, 14 de julio de 2009

Cruda realidad

6 curiosos ¿Te atreves a opinar?
Sólo tenía una certeza: la culpa la había tenido aquel libro. Alejandra no paraba de repetírselo. Se arrepentía simplemente de no haber podido pararlo todo y ya era tarde. Quién le iba a decir a ella que el hecho de haberle regalado a su hija uno de sus libros favoritos, le iba a causar tantos problemas. Ha pasado inmediatamente de amar ese volumen a odiarlo.

La policía ya estaba en su casa. Intentaban recopilar todo tipo de pruebas para llegar a saber qué había sido de la niña. Marina solo tenía quince años y llevaba dos días sin aparecer por casa. Dos días que a Alejandra le han parecido dos años. Su desesperación no le dejaba dormir. Estaba completamente demacrada. Las ojeras hundidas y ennegrecidas y sus ojos rojos hablaban solos.

Ya no tenía uñas en las manos. No paraba de arrancarse los pellejos de los dedos. No podía esperar más. Tenía que salir a la calle y recorrer todos los rincones de la ciudad. La noticia no tardó en saltar a los medios de comunicación, pero no se sabía nada de Marina. Alejandra solo esperaba que, por lo menos, la historia acabara igual que el libro. Que al final se diera cuenta de que su familia era importante y volviera a casa.

Pero vio pasar los días sin Marina. Buscó ‘El guardián entre el centeno’ por todas las librerías, pero estaba agotado. Todo el mundo, después de saber la noticia, intentó ponerse en el pellejo de esa niña que se va de casa, harta de la situación que hay en ella. La niña quiso ser Holden. Se metió tanto en el personaje que vio que, pese a las dificultades que pasa, la vida fuera de casa no era tan dura. Pensó que siempre se podía volver.

Lo que Alejandra no pudo explicarle a tiempo fue que un libro no siempre cuenta realidades. Muchas veces las exagera y otras, las embellece. Después de cuatro largos años de espera, Marina abrió la puerta. Alejandra estaba completamente consumida. No creía lo que veían sus ojos. Había crecido, se había convertido en una preciosa joven. Los golpes de la calle le había hecho madurar. No pudo articular palabra. Lo único que hizo fue quedarse en silencio mientras su hija le explicaba que la culpa la había tenido aquel libro.

miércoles, 8 de julio de 2009

Desértico

4 curiosos ¿Te atreves a opinar?
Es malo levantarse con el pie izquierdo, pero peor embadurnado de sangre. Mi camisa estaba empapada. Pasó de un blanco nuclear a un rojo pasión. Llevaba dormido muchas horas y parecía que había descansado bien. No me sobresalté cuando descubrí dónde me había quedado dormido. Tuve la suficiente sangre fría como para levantarme y analizar la situación en la que me encontraba en ese momento y así poder descubrir cómo había llegado hasta allí.

En ese lugar había cientos de cadáveres. Muchos de ellos tenían partes de su cuerpo amputados. Yo no tenía ni un rasguño. Los móviles de las personas que yacían ahí no paraban de sonar. No veía más allá de mis narices porque todo estaba cubierto por una nube de humo espesa. Entre politono y politono, silencio. Ningún ruido. Estaba solo.

Viendo tal catástrofe no entendía cómo no se oía la sirena de una ambulancia, pero lo que no me cabía en la cabeza era que yo no tuviera ni un rasguño. Rápidamente fui en busca de mi móvil. Lo busqué por todo el amasijo de hierros y en todos y cada uno de los bolsillos de mi cazadora. Tardé varios segundos en reaccionar y en darme cuenta de que podía tomar prestado cualquiera de los teléfonos de las personas que estaban en el suelo, y así lo hice.

Mientras intentaba acordarme del número de algún familiar allegado, intenté salir de esa nube de polvo, esquivando cadáveres sin cesar. Ningún número me venía a la cabeza. El polvo no cesaba y la oscuridad tampoco daba paso a la luz. De repente, la debilidad de las piernas me hizo tropezar. No quería saber encima de qué había ido a caer, porque algo me decía que no me iba a gustar. El móvil que tenía en la mano empezó a sonar de repente. Entonces, pude distinguir por la luz del teléfono al sonar, que lo que había debajo de mí era un niño.

El silencio volvió de nuevo. La llamada se debió de cortar, pensé, antes de que la que pudiera coger. Me levanté horrorizado. Un niño de tan solo unos seis años de edad estaba muerto. Ahí es cuando el pánico empezó a apoderarse de mí. Intentaba recordar dónde estaba, qué era lo último que había hecho, pero no era capaz. Las manos y las piernas me temblaban cada vez más y el nerviosismo impedía que me pudiera mover con rapidez.

De pronto, dejo de tropezar con cadáveres pero sigo sin ver la luz. Ya no hay hierros en el camino ni trozos de metal. Grité pero ni siquiera lograba escuchar mi eco. El silencio ganaba a todo atisbo de vida que me hubiera gustado oír. Siempre me había gustado la soledad pero, en ese momento, lo último que apetecía era verme solo. Me arrepentía de no tener amigos, novia o padres a los que acudir. Personas que marcan tu vida y su teléfono lo acabas memorizando de tanto marcarlo. Pero en mi mente no había nada.

Desde entonces vago solo por el desierto. Nunca supe qué pasó y porqué nadie logró localizarme. Cuando amaneció, busqué en los restos del avión cualquier móvil para llamar, pero el que no estaba destrozado, estaba sin batería. Ni siquiera logré saber en qué día vivía. Lo único que encontré fue mi billete de avión, procedente de España. El destino era Tanzania. Un pasaje que todavía guardo. Un recuerdo que, en mis momentos bajos, me llena de esperanza para seguir en pie.

De esto ya han pasado diez años. Hace una década que no me miro al espejo, que no hablo con nadie, que no oigo la voz de otra persona. Me siento solo en el mundo y me alimento de lo que puedo. Aunque os lo estéis planteando, no, nunca recurrí a las víctimas de la tragedia para alimentarme. Antes prefería morirme de hambre.



martes, 30 de junio de 2009

Nudo sin desenlace

7 curiosos ¿Te atreves a opinar?
La cama está vacía. Las sábanas, arrugadas, desprenden olor a sudor. La ventana que da al patio está abierta y el olor a suavizante proveniente de los tendederos de fuera trasmite frescura. Todo parece normal hasta que, en un extremo de la sábana hay un nudo. Alrededor no hay muchos muebles. El armario, entreabierto, deja ver dos camisas y dos faldas.


A Antonia no le hace falta mucha ropa. Tiene un conjunto de verano, otro de invierno y otro que usa para las visitas. Hoy lleva puesto el de las visitas. Lleva dos meses esperando este momento. Su hijo, su único hijo, viene a verle. Le avisó la semana pasada, cuando le llamó por teléfono.

La pasada noche hizo un nudo en la sábana. No se quería olvidar de ponerse guapa. No quiere que para Alberto pase el tiempo, ese tiempo que, de visita en visita, para ella pasa tan lento. Son las nueve de la mañana. Ya han abierto la puerta de las visitas y su hijo debe de estar al llegar.

Se sienta impaciente en la recepción. Le gusta estar preparada y no hacer esperar a su hijo. No quiere perder el valioso tiempo que pasa con él. Hoy es domingo y muchas familias vienen a buscar a sus padres para comer con ellos. Antonia no cree en los domingos ni en las rutinas.

Ya ha pasado más de una hora y Alberto no ha llegado. Le pregunta a Isabel, la chica de recepción, si hay algún recado para ella. La recepcionista niega con la cabeza y, fiel a su estilo, le dice seriamente que será por el atasco. Antonia se convence. Ese debe de ser el motivo.

Pero llega la hora de comer y su hijo no ha llegado todavía. Intenta llamarle a casa, pero no contestan. Se sienta en la sala esperando a que le avisen. Ojea una revista mientras un grupo de señoras juegan alegremente a las cartas y otras pasan las horas viendo la televisión.

Vuelve a la recepción. No hay recado. Antonia se resigna. Se ha debido de equivocar de día. Seguro que es mañana, piensa. Pasa el resto del día intranquila. Antes de irse a la cama, se vuelve a pasar por recepción, pero nada. Vuelve a hacer el nudo que le ha deshecho la señora de la limpieza al hacer la habitación.

Los días pasan y Alberto no ha ido a verla. Desde entonces, Antonia se pone su traje de las visitas. No hay día que se lo quite. No quiere que su hijo le pille desprevenida. Después de dos años, la anciana sigue despertándose con ilusión. Desde entonces, todas las mañanas mira la sábana. El nudo sigue ahí. Su hijo puede que venga hoy. No quiere tirar la toalla.

Para ElCuentaCuentos

Querer y perder

0 curiosos ¿Te atreves a opinar?
Abre los ojos. Tiene la sensación de haber soñado con el mar, pero lo que ella no sabe es que está completamente mojada por el contacto de las olas de la playa Barceloneta con su cuerpo.

No entiende por qué está allí. Pocas cosas recuerda del día anterior, pero tampoco es nada raro en ella, ya que su memoria le fallaba. Lo tiene asumido. Gajes de la edad. Está completamente empapada. Intenta levantarse pero su cabeza le explota y la ropa le impide andar. En la mano tiene la correa de Brutus, uno de sus perros, pero no hay signos de él. Solo unas huellas de sus pezuñas clavadas en la arena.

Su mirada busca por toda la playa intentando seguir las huellas de ese ser que le ha acompañado durante tanto tiempo y con el que ha compartido tantas vivencias. Brutus no suele separar de ella. No lo había hecho hasta hoy. Camina lentamente hasta el final. Puede que el perro esté jugando en el paseo marítimo con algún otro que vague por allí.

El sol le deslumbra e intenta fijar la vista, intentando hacer sombra con la mano puesta en la frente. No hay ni rastro de él. Echa la vista a la playa de nuevo y, de repente, se encuentra con que sus pasos vienen acompañados con un reguero de sangre. Alarmada, se sienta en el banco para averiguar, disimuladamente, de donde proviene la hemorragia. Temerosa que de sus presentimientos sean ciertos, se acerca a ‘El Rey de la Gamba Fresca’. Manolo, el dueño, conoce a Rosa de toda la vida.

Entra en los aseos. Las manos le tiemblan y le cuesta despojarse de la falda. La ropa interior la tiene completamente ensangrentada. Por su edad, cualquiera podría pensar que se trata de la menopausia, pero Rosa a sus 54 años no ha pasado por eso. Al contrario, estaba embarazada de cinco meses.

Su vida no le ha dado muchas alegrías. No tiene una casa en la que cobijarse. Su único resguardo es el apartamento de un ‘amigo’ suyo que se lo cede a cambio de sexo. Y de eso vive. Hace favores sexuales a cambio de tener un sitio donde dormir y de un poco de dinero para comida. Pero ese hijo no era de él.

Ahmed, de 30 años, conoció a Rosa en Las Ramblas. Él se acercó a ella con el único propósito de acariciar a sus perros. Ella, necesitada, le ofreció relaciones a cambio de cuidar a sus perros durante un par de días y él aceptó. Lo que nunca iba a imaginar es que eso le fuera a condicionar para toda la vida.

Rosa ya estaba acostumbrada a esas desventuras. De hecho, sabía sacarles un gran beneficio. Este iba a ser su décimo tercer hijo. De los demás no sabe nada. Conforme iban naciendo, los iba depositando en una fundación a cambio de ropa limpia, comida y dinero. Así había vivido hasta ahora. Gracias a sus hijos.

Pero parece ser que la edad le ha pasado factura. Le cuenta a Manolo la situación en la que se encuentra y éste, sin pensárselo dos veces, llama a un médico de urgencias. Veinte minutos después, la sirena de la ambulancia inunda la calle. Los curiosos que pasean por la zona se acercan para ver qué ha pasado.

Colocan a Rosa en una camilla y la sacan del restaurante. Los auxiliares, después de varios intentos, consiguen meterla en la ambulancia. Ha perdido mucha sangre. Se oye un ruido extraño. Uno de los voluntarios mira asombrado a la puerta trasera del vehículo. Era Brutus. No la había abandonado. Por motivos de higiene, dejan al perro al cuidado de Manolo, que no pone ninguna pega. Conforme se iban alejando, el perro se iba poniendo más nervioso hasta que salta de sus brazos y ansioso se pone a correr detrás de su dueña.

Los efectivos sanitarios no pierden de vista a la paciente. Le han parado la hemorragia y le han puesto suero. Nadie lo sabía pero Rosa llevaba varios días sin probar bocado. La inanición le había dejado sin fuerzas. Ese es uno de los motivos por los cuales se ha desmayado en la playa.

Vuelve a perder el conocimiento. Los médicos le realizan varias pruebas y análisis. La vida del bebé corre peligro. La sala de espera está vacía, igual que la vida de Rosa. Brutus es el único fiel en su vida, que espera en la puerta del hospital. Ha perdido al niño.

Ya no tiene edad para estar embarazada, y mucho menos en su estado de indigencia. Ya no puede vivir un par de años con lo que le hubieran dado en la ‘Fundación’. Sus planes se han quebrado. Al recibir la noticia, Rosa únicamente siente frustración porque para ella ese bebé no era más que un objetivo, un negocio.

Un poco más demacrada, si cabe, sale del hospital. Su amigo más fiel mueve intensamente la cola y se abalanza sobre ella. La mirada de Rosa se llena de lágrimas por primera vez en muchos años. Su vida le había hecho tan dura que ya no recordaba lo que significaba el dolor.

Cuando regresa a la playa de la Barceloneta se dirige inmediatamente a una tienda de animales. Esta vez sí que estaba sola. Nadie le pudo parar los pies. El dueño, Darío, llevaba mucho tiempo ofreciéndole dinero por Brutus y a ella no le quedaba otra opción. Tenía que sobrevivir.

Seiscientos euros bajo el brazo. Ese ha sido el negocio. Pero la pena puede con Rosa. Paga la pensión de tres días y se mete en la cama. Rosa no tiene hambre, no tiene ganas de ver a nadie. Al día siguiente, cuando despertó, bajó corriendo a la tienda. Darío le dice que había vendido a Brutus.

Puede que se hubiera podido cruzar con él en cualquier momento. Puede que Brutus ahora fuera más feliz que con Rosa. Puede que Rosa lo hubiera superado y se hubiera olvidado de él.

Dos semanas más tarde, Rosa aparece en un banco. Nunca más abrió los ojos. Nunca nadie la echo de menos. Lo que nadie sabía era que Rosa sí tenía sentimientos. La pena pudo con ella. Vagó por las calles imaginando a Brutus en cada perro que veía. En ese momento comprendió lo que era querer y lo que significaba perder.

jueves, 18 de junio de 2009

Escrito en la mano (3ª parte)

4 curiosos ¿Te atreves a opinar?
Todavía eran las cuatro y media de la mañana. Tenían mucha noche por delante, pero no tenían ideas. El teléfono de Noelia estaba apagado, cosa que es bastante normal puesto que dentro de la discoteca hay muchos sitios sin cobertura. Intentaron contactar con ella unas cuantas veces más hasta que se dieron por vencidas.

Como parecía que el ambiente estaba mucho más animado en la primera planta, decidieron quedarse allí. Había una humedad intensa, provocada por la cantidad de gente agolpada en un mismo sitio y el calor que hacía. De repente, Elena saluda con efusividad a lo lejos. Tanto Eva como Lucía creyeron que, por fin, habían encontrado a Noelia. Giraron la cabeza en busca de la persona que devolviera el saludo, pero no era ella.

Un chico rubio, alto y con una sonrisa perfecta se dirigía hacia ellas. Detrás de él, dos amigos suyos seguían sus pasos. Por la forma en la que se saludaron, parecía que se tenían mucho cariño, pero que hacía mucho tiempo que no se veían. Después del abrazo, llegaron las presentaciones. Carlos, el amigo de Elena parecía interesado en conocer a Lucía y se colocó estratégicamente al lado suyo para intentar tener una conversación.

Los dos grupos, al cabo de diez minutos se dividieron de tal forma que quedaron tres parejas. Cada uno absorto en su conversación. Elena estaba con Daniel, compañero de piso de Carlos, además de amigo. Lucia seguía ensimismada hablando con Carlos, y Eva con Antonio.

Después de unos cuantos bailes, miradas intensas y carcajadas, decidieron acabar la noche en casa de Carlos y sus amigos. Los seis salieron por la puerta. Parecía que ninguna de ellas se acordaba ya de Noelia. Todos estaban preocupadas por llegar a un sitio más tranquilo.

De camino a casa, pasaron por un paseo lleno de puestos ambulantes. Collares, pintores con inspiración nocturna, caricaturistas, bolsos de imitación, música ilegal y alguna que otra vidente. Ellos paseaban despreocupados sin el menor interés en todo lo que les ofrecían. Ellas, rezagadas por detrás, se paraban a ver todo lo que les llamaba la atención.

De repente, una voz dijo:

- Lucía significa persona iluminada, que desprende luz. Tienes una vida por delante llena de alegrías, aunque ahora la veas un poco borrosa.

Lucía se paró en seco. Su mirada, instintivamente se dirigió hacia el interior del puesto que tenía a su derecha. Su cara se iluminó por las velas encendidas del tenderete, entremezcladas con cartas del tarot y talismanes. Un fuerte olor a incienso les llegó de golpe. Allí, sentada en un rincón, casi inapreciable, estaba una señora. Tez morena, pelo enmarañado y ropa llena de jirones y remiendos. Ese era su único modo de supervivencia: leer el futuro.

Daba la impresión de que las cartas no le servían de mucho. Con solo una mirada era capaz de adivinar el nombre de una persona. Las chicas, sorprendidas, se acercaron al unísono al puestecillo de esa debilucha mujer. Lucía, sin pensárselo dos veces le preguntó:

- ¿A quién te has dirigido? – creyendo que lo había dicho al azar, puesto que no es un nombre poco común.

La mujer sonrió, dejando entrever una dentadura poco cuidada donde se podían distinguir algunos huecos vacíos y dientes de oro. Sin más preámbulos dijo:

- ¿Acaso tú no te llamas Lucía? Lo veo en tus ojos y la mirada no engaña nunca. – le dijo fijando su mirada en la de Lucía, a la vez que entrecerraba los ojos.
- ¿Me estás queriendo decir que con solo mirarme has sabido mi nombre? Y mis amigas, ¿cómo se llaman? - le dijo Lucía recelosa, a la vez que apartaba su mirada, evitando que intentara indagar más sobre su vida.
- Te puedo asegurar que, aunque no sepa sus nombres, puedo averiguar mucho de ellas. – dijo mirándolas de reojo.

Los tres chicos aparecieron de repente. Las chicas ya se habían olvidado que les estaban esperando. Sus caras estaban completamente desencajadas. Elena se pensó que era porque les parecía ridículo verlas interesadas en ese tipo de cosas. Sin pensárselo dos veces, les dijo que, si preferían, que se fueran adelantando, que enseguida iban.

Carlos cogió a Elena por el brazo y la llevó al otro lado de la acera, mientras Lucía y Eva seguían intentando averiguar cuánto de verdad había en esa vidente. Mientras, Antonio y Daniel no perdían detalle de la conversación.

- ¿Qué pasa? ¡No me asustes! Ni que fuera tan raro… Solo es una persona que vive de eso, ver el futuro de las personas, no sin antes crearles intriga para que paguen por ello. - dijo Elena extrañada.
- Esto no es ninguna tontería, Elena. – dijo Carlos completamente serio- Esta vidente es de verdad. Yo no me había fijado en ella porque íbamos distraídos, pero, cuando me he girado a ver dónde estábais y la he visto, no me lo podía creer.
- ¿La conoces? – le quitándole la mano de su brazo.
- Predijo el futuro de mi madre. No falló en nada.

Elena, asombrada, echó un paso hacia atrás. Los dos se quedaron callados, mirándose. Un silencio que hablaba susurrando. Una historia de fondo que solo ellos sabían. Igualmente, Elena, sin decir nada, cruzó la calle y fue corriendo a detener a sus amigas, pero ya era tarde.

Eva ya había caído en sus redes. Detrás del biombo se diferenciaban sus sombras. A Elena se le pusieron los pelos de punta. Esa mujer no tiene reparo en decirte todo lo que te espera en la vida, sea bueno o malo. Lucía estaba sacando la cartera. Tenía la misma intención que su amiga: salir de ahí sabiendo lo que les va a suceder dentro de unos años.

La mano de Elena se abalanzó sobre el monedero de Lucía intentando pararla, pero una parte de ella tenía curiosidad por lo que le pudiera decir esa mujer. Lucía se quedó extasiada, pero en ese mismo instante, sale Eva. Su cara no delataba tristeza, no parecía haber recibido malas noticias.

Sin pensárselo, Lucía se adentró. Eva miró a Elena con curiosidad y le dijo que luego era su turno, que le habían dicho a la vidente que iban a pasar las tres. Para Elena esa era la excusa perfecta. Entonces, miró a Carlos intentando buscar en él un apoyo.

- Haz lo que quieras –le dijo- Yo ya te lo he advertido.

Elena se quedó pensativa. No sabía qué hacer, pero lo tenía que decidir antes de que Lucía saliera de entre el biombo. Los chicos y Eva le miraban intrigados, intentando adivinar qué pasaba por su cabeza. De repente, ese momento de incertidumbre lo rompió el sonido de un móvil.

Eva lo identificó inmediatamente. Era el móvil de Noelia. El sonido provenía de un sitio cercano. Abrió su bolso y lo encontró. Se quedó atónita. No recuerda el momento en el que Noelia se lo pudo haber dado. Lo cogió y miró quién llamaba. Era Pedro, su novio desde hace varios años.

Elena le quitó el móvil de las manos, ansiosa, y contestó. Le intentó explicar a Pedro que había desaparecido y que no sabía cómo había llegado el teléfono hasta ahí. Mientras conversaba con él Lucía salió de la ‘sala’. Tenía cara de pocos amigos. Elena intentó cortar la conversación telefónica en seco restándole importancia.

En cuanto terminó de hablar, fue a donde Lucía, pero prefirió no indagar. Únicamente le preguntó que qué tal estaba, a lo que ella le respondió:

- Es tu turno, te está esperando.

Nada más entrar, hubo algo que le dio malas vibraciones. No sabía porqué, tenía una angustia en el cuerpo de la que no se podía desprender. Había muchas cosas en su cabeza. Por un lado, estaba Noelia y por otro, la cara de Lucía.

Se sentó. La mujer borró todo atisbo de felicidad. Su cara era tan seria que en ese ambiente taciturno y silencioso daba miedo. Extendió su mano. Eva le tendió la suya. La mujer no movió ninguna facción de su rostro. Estaba absorta en las líneas de su mano. Sus pupilas iban con rapidez de un lado a otro de la palma intentando averiguar.

Si Elena ya estaba angustiada, ahora lo estaba aún más. Notaba cómo el sudor de sus manos hacía el contacto con las manos de la vidente fuera escurridizo. La mujer alzó la vista sin cambiar la inclinación de la cabeza. Las sombras se habían clavado en sus párpados.

El corazón de Elena latía a mil por hora. Presentía que no le iba a dar buenas noticias y no sabía si quería oírlas.

- ¿Quieres que te diga solo lo bueno o también lo malo?- le dijo directamente.

Ya está. Había algo malo. Estaba claro, pero ¿qué era mejor, escucharlo o saber que algo malo te va a ocurrir sin saber qué? Elena lo tuvo totalmente claro, o eso creía. Tenía 20 años y se consideraba una persona bastante despistada. 'Seguro que en un tiempo ya ni me acuerdo de lo que me ha dicho', se autoconvenció.

- Por supuesto. Ya que he entrado, me quiero enterar de todo- le dijo con voz temblorosa.
- Vas a tener una vida agradable. Encontrarás el amor de tu vida en un hospital. A los 30 años, un accidente de trabajo te va a dejar en silla de ruedas pero te repito: compartirás el resto de tu vida con esa persona. Serás feliz. - concluyó.

Los ojos de Elena se inundaron de repente. Estaba temblando y la mano ya no la sentía. No se atrevía a levantarse, pero tenía que hacerlo. No quería escuchar más. No quería volver a la realidad. No quería que nada le preguntara. Deseaba no haber entrado nunca. Quiso ir atrás en el tiempo; no haber salido esa noche de la residencia. Juró no contárselo a nadie e intentar olvidarlo.

Es lo que tiene la vocación. La curiosidad mató al gato y a Elena le condicionó para siempre.

(Esta historia es el comienzo de una serie de aventuras que Elena y sus amigas irán recorriendo a lo largo de su vida. ¿Podrá Elena cambiar su destino? ¿Qué le dijo la vidente a Lucía? ¿Y Noelia?... ¿Qué ha sido de ella?)

lunes, 8 de junio de 2009

Escrito en la mano (2ª parte)

3 curiosos ¿Te atreves a opinar?

Son las nueve y media de la noche y todo va según lo previsto. La cena no ha estado del todo mal. La compañía siempre se agradece, sobre todo cuando son sus tres vecinas, puerta con puerta, de habitación. Cuando terminan con el postre, el pelotón de residentes se amontona en el puerta de salida esperando que les den permiso para subir a sus habitaciones y continuar con el pase de modelos que ha empezado antes de ir al comedor.

Hay risas, alboroto. Puertas que se cierran de golpe. Nudillos que golpean con ansia las puertas, curiosas por saber lo que pasa dentro. Se oye de vez en cuando el altavoz que anuncia a alguna afortunada que tiene una llamada al otro lado de la línea. Elena, María y Nerea se sumergen en un habitáculo de 10 metros cuadrados, donde caben con dificultad un baño, una cama, un armario y un escritorio.

Toda la estancia está decorada con detalles juveniles, llamativos. Hay un poco de desorden y la cama está llena de ropa. Vestidos, faldas y camisetas que han sido una opción pero que por el modo en que están tiradas encima de la colcha, no van a ser los elegidos para vestir el cuerpo de Elena.

Un cenicero lleno de colillas y una acumulación de humo que deja ver a tres amigas nerviosas que no paran de fumar mientras una de ellas consigue dar con el modelo adecuado. Un vestido ceñido que va hasta la mitad de la pierna, por encima de la rodilla, negro, con escote y sin mangas. Ya está decidido. Ahora tocan los zapatos.

El armario, de pequeñas dimensiones, muestra una pila de zapatos, unos encima de otros, cada par de su color. Los rojos han llegado a convencer al trío. Cuando ya está todo listo, Elena se sienta erguida en la silla que compone el minúsculo escritorio y María comienza a maquillarla con cuidado.

Se despiden con furor, intercambiando miradas de complicidad como quien guarda un secreto, mientras salen de la habitación. El pasillo está lleno de puertas entreabiertas desde donde se escapa una extraña, pero habitual, mezcla de perfumes. Todo está listo para que muchas de las estudiantes pasen una noche de jueves por las calles de Madrid.

Elena coge su llave, colgada permanentemente por fuera, para anunciar que toda la que quiera, la puede encontrar ahí. Baja las escaleras de dos en dos. Deja su llave en el cestillo de recepción y cruza la puerta de la residencia dejando atrás una sala llena de chicas viendo el mismo canal de televisión.

Autobús y metro de nuevo. A la salida del subterráneo se ve el parque Almansa lleno de gente. Jóvenes que ocupan todos y cada uno de los bancos, haciendo grupos en ellos, rodeados de botellas y refrescos. De vez en cuando, sus cabezas miran hacia los lados asegurándose de que la policía no venga a aguarles la fiesta.

Elena busca entre el gentío a sus amigas. Intenta diferenciarlas y ver en qué banco están esta noche. En su paseo por el parque, ya hay restos de botellas y envases de cartón. En la otra punta, distingue a Eva, por su pelo largo y moreno, con un rizo abundante. El coche de Lucía está aparcado justo detrás del banco, lo que les viene bien para poner música ambiente e ir cogiendo fuerzas para la noche. El coche, toda una ventaja. El maletero contiene una nevera que les permite tener la bebida fresquita.

El móvil de Ana suena de repente. Noelia, una de las más sociables de la clase, le ofrece entrar en una de las discotecas más famosas de la capital… ¡y gratis! Se miraron todas y no dudaron en guardar las bebidas en el coche y salir disparadas hacia allí. No había tiempo que perder.

La cola para entrar va dos manzanas más allá. En la puerta, dos tipos de seguridad, altos y fuertes como armarios. Sus brazos cruzados denotan esa actitud de pocos amigos que suelen tener todos. Cuando se disponen a subir las escaleras, uno de ellos les cierra el paso y les pide que se pongan al final de la cola, como toda la gente. Después de varios intentos para explicarles que estaban invitadas, aparece Noelia por la puerta principal. Las cuatro chicas ven el cielo abierto. Noelia se dirige a sus dos compañeros de seguridad, quienes no tardan en abrirles el paso.

Allí dentro no cabía ni un alma más. No se podía dar un paso, cuanto menos bailar al son de la música. Elena y sus amigas intentan seguir a Noe si perderla de vista, puesto que era muy fácil perderse en aquella discoteca, y tal y como estaban las cosas, te podías pasar el resto de la noche intentando encontrarlas.

Subieron a la sexta planta. Allí parecía que la cosa estaba un poco más calmada, incluso se podían oír sonidos ajenos a la música y los gritos de la gente intentando comunicarse. Había otro detalle que marcaba la diferencia entre esa planta y las demás. El humo apenas se percibía. Elena y Lucía enseguida se dieron cuenta. Estaban en un reservado rodeadas de gente que parecía importante. El subidón de adrenalina fue inmediato. Parecía que la noche iba por buen camino.

Instantáneamente, un camarero les vino a preguntar si querían beber algo, que había barra libre. Se dieron la vuelta buscando la cara de Noelia para mostrarle su agradecimiento, pero ya se había esfumado. No obstante, no lo dudaron ni un momento. Las cuatro se pidieron su bebida favorita. Copa en mano, comenzaron a investigar cada recoveco de la sala, intentando diferenciar a algún famoso del que poder presumir al día siguiente. Puede que fuera el efecto de la luz tenue, pero ninguna supo identificar a nadie reconocido.

Después de un par de horas de fiesta, Ainara comenzó a quejarse. La bebida le estaba sentando mal al estómago y se quería ir a casa. Elena, Lucía y Eva la acompañaron hasta el taxi. Elena sabía perfectamente que iba a ser una noche muy larga. Hasta el momento no había estado mal, pero ella no podía regresar a la residencia hasta las ocho de la mañana, porque ya no llegaba a la apertura de las tres.

Una condición indispensable para que los residentes pudieran pasar la noche del sábado fuera, era tener una autorización paternal en la que se especificara la hora de llegada. La residencia abría sus puertas a las tres en punto de la mañana, ni un minuto más ni menos. Si no llegabas a tiempo para entrar a esa hora, no había posibilidad poder acceder hasta las ocho.

Eva parecía estar cansada del ambiente que había en el reservado. Le resultaba un tanto aburrido. Decidieron ir en busca de Noelia. No la habían vuelto a ver en toda la noche. Fueron planta por planta, pero aquello estaba imposible. Parecía que medio Madrid estaba allí dentro. A Lucía se le ocurrió que podían ir a preguntar a los vigilantes de la puerta, pero fue un error. Actuaron como si nunca las hubieran visto, como si nunca hubieran visto a Noelia.

martes, 2 de junio de 2009

Escrito en la mano (1ª parte)

8 curiosos ¿Te atreves a opinar?
Una sombra esbelta y definida destaca entre las demás en la Puerta del Sol. Siguiendo el curso de sus largas piernas, llegamos hasta su dueña. Una joven estudiante risueña, llena de vitalidad. A simple vista, parece una de esas personas pegadas a un móvil y un bolso de marca.

Carpeta en mano, recorre las calles más típicas del centro de Madrid. Sus pasos se entremezclan con la multitud de compradores que asaltan las tiendas. Todo pasa desapercibido entre el tumulto. Todo excepto su perfume, que va dejando huella en cada recoveco por el que se escurre y en cada olfato que se cruza en su camino. Muchas de las personas que tropiezan con ella giran instintivamente la cabeza exhaustos por la frescura que desprende.

Va de camino al metro, destino Ciudad Universitaria. Le espera una larga tarde del mes de mayo encerrada en ese edificio que en su día fue diseñado para que fuera una cárcel de mujeres. Al entrar por la puerta de clase, sus cuatro compañeras le tenían un sitio reservado. Nada más sentarse, planean lo que van a hacer al finalizar ‘Análisis de Textos’. Un plan bastante común en los estudiantes madrileños. Un botellón en el parque de Almansa para olvidar que los exámenes están a la vuelta de la esquina.

La tarde pasa más rápido de lo esperado gracias a que el profesor de ‘Derecho del Periodismo’ ha anulado la clase de hoy. La algarabía se oye desde la planta baja de la Facultad. Las escaleras comienzan a llenarse de gente. Estudiantes ansiosos por salir de esas cuatro paredes, hablando de las posibles fiestas a las que acudirán esa misma noche.

Elena, acelera el paso de camino al autobús. Un autobús que pasa cada media hora y que no quiere perder para llegar a tiempo a la cena. Destino: la residencia de estudiantes en la que vive desde hace un año; desde que se independizó y tomó la decisión de irse a más de 500 kilómetros de su casa para poder labrarse un futuro profesional.

Coge el autobús sin problemas. Desde la ventanilla se despide de sus cuatro amigas que van camino al metro, cada una a su destino, con la intención de volver a juntarse dos horas después.

Elena va con el tiempo justo. La residencia está a las afueras de la ciudad y en ese breve espacio de tiempo tiene que cenar, ponerse al día de lo que ocurre en la residencia con sus vecinas de habitación y decidir, entre todas, el modelito de esta noche. Una noche que, en principio se muestra interesante. Una noche, que ninguna de ellas, y mucho menos Elena, sabe cuándo ni cómo va a acabar.

jueves, 7 de mayo de 2009

¿Lleno o vacío?

2 curiosos ¿Te atreves a opinar?
Un silencio ensordecedor. Una cama mitad llena, mitad vacía. Un plato en el fregadero. Una mesa para dos. De repente, el despertador inunda esa casa que para muchos es pequeña y para otros, sobra espacio. El contacto de sus pies descalzos con el suelo hace vibrar la madera. Sus pasos parecen agigantados cuando sus talones pisan con fuerza. Un alto en el camino y el silencio vuelve a la carga hasta que la televisión pasa a ser un ruido de fondo y el olor a café recién hecho comienza a impregnar la estancia.

Nunca suena el teléfono, no hay música en el ambiente… ni siquiera una sola carcajada de esas cuyo eco sigue sonando por el portal segundos después. Sobre la estantería, llena de polvo, se dejan ver algunos marcos de fotos vacíos. Otros, con imágenes de estudio que muestran la soledad de la casa en la que se exponen.

Las paredes también hablan solas. Sus cercos indican la marca de unos cuadros que un día estuvieron colgados. Cada habitación tiene un cenicero lleno de colillas. Colillas que se amontonan y desprenden un olor a dejadez.

Su aislamiento cada vez ha ido a más. Su soledad cada vez ha ido aumentando. Su cuerpo, cada vez marca más los huesos que lo componen. Su ruido se ha convertido en silencio con el paso del tiempo.

Su mirada perdida nunca se centra. Esos ojos que miran al infinito vienen acompañados de tristeza. Las persianas nuca están del todo abiertas. La luz del sol pocas veces inunda ese piso de la calle Arturo Soria.

Alicia se sienta en el sofá, medita mientras inconscientemente se lleva la taza a los labios. Recuerda un sueño que ha provocado que se levantara sobresaltada, empapada de sudor y con el pelo enmarañado. Una lágrima, de repente, resbala por su mejilla. Sus ojos se encharcan. Ya no se oye la televisión de fondo.

No tiene ganas de recoger esos platos, no tiene ganas de salir a la calle. No quiere hablar con nadie. No quiere ir a trabajar. No quiere subir las persianas. No hay nada que le motive.

Cierra los ojos, reclina la cabeza, sube los pies descalzos al sofá. Sentada en cuclillas, rodea sus piernas con sus brazos. Alicia se ve con un par de años menos. Sonriente, radiante, feliz, llena de luz. A su lado, Alfredo. Un trabajo perfecto. Un aroma que desprende alegría.

Un cambio brutal de aquí a dos años. Un fracaso sentimental. Un error que pudo haber sido un acierto. Suficientes motivos para que Alicia viera el mundo desde otra perspectiva y los colores dieran paso a un simple blanco y negro. Su miedo a seguir tropezando le ha convertido en una persona insegura, introvertida. Sin fuerzas para afrontar los retos que le da la vida. Se siente un fracaso.

Hoy no irá a trabajar. Mañana tampoco. Su obsesión por no defraudar ni defraudarse, es tan fuerte que le lleva a reclutarse en una vivienda medio llena, o medio vacía. Una casa, que con el tiempo carece hasta de espejos. Una casa de la que nadie sabe, ni siquiera un cartero que se encuentra día tras día con un buzón a rebosar, cuyo destinatario ha dejado desgastar sus datos por el paso del tiempo.

Dos años después, solo hay montañas de platos sin lavar. Una cama sin hacer. Un suelo sin brillo. Unas estanterías llenas de basura. Un cuerpo vivo pero inerte vagando por la habitación. Una mente que piensa en la posibilidad de salir a la calle, coger fuerzas, recoger las cartas del buzón, buscar un nuevo trabajo… Una sonrisa a medias se ilumina en su cara. Un segundo después, esa idea se va al traste. ‘Es demasiado tarde’, piensa.
 
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